Maria Estuardo
Maria Estuardo Jacobo I se instala satisfecho en el palacio de Whitehall que su madre soñó que sería suyo. Por fin se ha librado de angustias económicas, y se ha enfriado su ambición; sus sentidos no apuntan más que al placer, no a la inmortalidad. Sale a menudo de caza, gusta de ir al teatro para proteger, lo único bueno que se puede decir en su honor, a un tal Shakespeare y otros dignos poetas. Débil, vago y carente de talento, sin esa gracia intelectual que le había sido dada a Isabel, sin el valor y la pasión de su romántica madre, administra honradamente la herencia común de las dos mujeres enemigas: lo que ambas codiciaban con la más ardiente tensión del espíritu y de los sentidos le ha caído sin lucha en el regazo a él, que esperó con paciencia. Pero ahora que Escocia e Inglaterra están unidas cabe olvidar también que una reina de Escocia y una reina de Inglaterra se perturbaron mutuamente la vida con odio y enemistad. Ya no hay una que tiene razón y otra que no, la muerte les ha devuelto a ambas igual rango. Así que, finalmente, las que tanto tiempo se enfrentaron pueden descansar juntas. A la solemne luz de las antorchas, Jacobo I hace trasladar el cadáver de su madre del cementerio de la iglesia de Peterborough, donde yacía sola como una repudiada, a la cripta de los reyes de Inglaterra, a la abadía de Westminster. Cincelada en piedra la estatua yacente de María Estuardo, cincelada en piedra la de Isabel, cerca de la suya. Ahora el viejo pleito ha quedado calmado para siempre, ya no se discuten la una a la otra el derecho y el sitio. Las que en vida se evitaron con hostilidad y jamás se miraron a los ojos descansan al fin juntas como hermanas, en el mismo sueño sagrado de la inmortalidad.