Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Es natural que sienta tal necesidad. Pero para María siempre es un peligro ceder a su dejadez. El fingimiento la agobia, la cautela le resulta a la larga insoportable, pero precisamente esa virtud del «no saber callar», ese «je ne sais point déguiser mes sentiments» (como escribió en una ocasión), le crea políticamente más incomodidades que a otros el peor de los engaños y la más furibunda dureza. Porque la naturalidad con la que la reina se mueve entre estos jóvenes, aceptando sonriente sus homenajes y quizá incluso provocándolos inconscientemente, engendra en esos chicos una inadecuada camaradería, y para las naturalezas apasionadas se convierte incluso en un atractivo. Algo tiene que haber sido sensualmente excitante en esta mujer, cuya belleza no se aprecia del todo en los cuadros; quizá algunos hombres presentían ya entonces, en signos imperceptibles, que bajo la forma de ser, suave, accesible y en apariencia segura de sí misma de esa muchacha, se ocultaba una inmensa capacidad para la pasión, como un volcán bajo un paisaje apacible; quizá, mucho antes de que la propia María Estuardo reconociera su propio secreto, habían intuido y venteado esa falta de autodominio por instinto masculino, porque había en ella alguna clase de poder que apremiaba a los hombres hacia lo sensual con más fuerza que hacia un amor romántico. Es posible que, precisamente porque aún no era adulta en sus instintos, les permitiera pequeñas confianzas físicas —una mano que acaricia, un beso, una mirada que invita— con más facilidad que una mujer consciente, que conoce lo que de alcahueteo y peligro hay en tales desenvolturas: en cualquier caso, a veces permite olvidar a los jóvenes que la rodean que, como reina, la mujer que hay en ella tiene que seguir siendo inaccesible a todo pensamiento osado. Ya en una ocasión, un joven capitán escocés llamado Hepburn se había permitido inconveniencias torpes y descaradas, y sólo la fuga le había salvado de la pena máxima. Pero María Estuardo pasa con demasiada suavidad por encima de este enojoso incidente, lo disculpa con ligereza como un pecado venial, y al hacerlo da nuevo valor a otro noble de su pequeño círculo.


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