Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero esas horas de buen humor están precautoriamente vedadas a los puritanos, zelotes y otros gruñones, y en vano se indigna John Knox ante estos souparis y dansaris y truena desde el púlpito de St. Giles, mientras su barba oscila como un péndulo: «Los príncipes saben más de hacer música y sentarse en banquetes que de leer y oír la sagrada palabra de Dios. Los músicos y aduladores, que siempre echan a perder la juventud, les gustan más que los hombres ancianos y sabios —¿en quién estaría pensando este egocéntrico?—, que con sus santas admoniciones tratan de abatir una parte del orgullo en el que todos hemos nacido». Pero ese joven y alegre círculo siente poca necesidad de «santas admoniciones» del kill joy, del asesino de la alegría; las cuatro Marys y unos cuantos caballeros de educación francesa son felices de olvidar aquí, en el espacio cálido e iluminado de la amistad, la tristeza de este país severo y trágico, y María Estuardo sobre todo de poderse quitar la fría máscara de la majestad y ser simplemente una joven alegre en el círculo de unos compañeros de la misma edad e igual forma de ser.