Maria Estuardo
Maria Estuardo Durante aquellos años, a veces hay pequeñas preocupaciones que agobian a la joven reina, a veces le disgusta la pesadez de los asuntos de Estado, con creciente frecuencia se siente extraña en medio de estos nobles duros y belicosos, le repugna la disputa con los celosos curas y los secretos intrigantes: en tales horas vuelve a huir a Francia, la patria de su corazón. Desde luego no puede abandonar Escocia, así que ha fundado una pequeña Francia en su castillo de Holyrood, un diminuto trozo de mundo donde puede entregarse libremente y sin ser observada a sus inclinaciones predilectas, su Trianón. En la torre redonda de Holyrood, instaura al gusto francés una corte caballeresca, una corte romántica; ha traído gobelinos de París, y alfombras turcas, fastuosas camas, muebles y cuadros, sus libros bellamente encuadernados, su Erasmo, su Rabelais, su Ariosto y su Ronsard. Aquí se habla y se vive en francés, se hace música a la luz de las velas, se organizan juegos de sociedad, se leen versos, se cantan madrigales. Por primera vez en esta corte en miniatura se ensayan aquí los «Masques», las pequeñas obras clásicas de ocasión, a este lado del canal, hasta que después el teatro inglés las desarrolle en su máximo florecimiento. Hay bailes de disfraces hasta pasada la medianoche, y en uno de esos bailes, «The purpose», la joven reina aparece incluso disfrazada de hombre, con unos negros y ajustados pantalones de seda, mientras su pareja —el joven poeta Chastelard— salía disfrazado de dama, una visión que probablemente habría suscitado el amargo espanto de John Knox.