Maria Estuardo
Maria Estuardo Pocos dÃas después, Chastelard sube al cadalso. Su descarada osadÃa ha sido valorada por los jueces como crimen, su frivolidad como perversidad. Por unanimidad, le condenan a la pena más dura: la muerte por el hacha. Aunque quisiera, MarÃa Estuardo ya no tiene ninguna posibilidad de indultar al insensato; los embajadores ya han informado del incidente a todas las cortes, en Londres, en ParÃs se observa su conducta con curiosidad. Cualquier palabra en su favor serÃa interpretada como confesión de culpa. Asà que tiene que mostrarse más dura de lo que probablemente se sienta, y dejar en su hora más difÃcil sin esperanza ni ayuda al compañero de horas más alegres y complacientes.
Chastelard muere, como corresponde a la corte de una reina romántica, de manera impecable. Rechaza toda asistencia de sacerdote alguno, sólo la poesÃa debe consolarle, y la conciencia de que
Mon malheur déplorable
Soit sur moy immortel.
Mi deplorable desgracia
Se inmortalizará en mÃ.
El valiente trovador camina erguido hasta el patÃbulo, y en vez de rezos y salmos recita en voz alta por el camino el famoso «Epitre à la mort» de su amigo Ronsard:
Je te salue, heureuse et profitable Mort