Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Probablemente María Estuardo, que como poetisa conoce la exageración que subyace a todo lirismo, acepta sonriente, como mero homenaje poético en medio de tantas otras adulaciones cortesanas y amorosas, tales estrofas de su guapo amante sentimental, y sin otro humor que el juguetón tolera galanterías que nada significan en una corte de mujeres románticas. A su ingenua manera, bromea con Chastelard con la misma inocencia que con sus cuatro Marys. Le distingue con pequeñas gentilezas inofensivas, lo elige (a él, tan lejano en rango) como pareja de baile, se apoya en su hombro durante un paso, la Falking-Dance, le permite hablar con más libertad de la habitual en Escocia, a tres calles del púlpito de John Knox, que la censura diciendo que «such fashions more lyke to the bordell than to the comeliness of honest women»; en una ocasión, durante un juego de disfraces o de prendas, incluso concede a Chastelard un beso fugaz. En sí mismas ingenuas, tales confianzas tienen la mala consecuencia de que por su parte el joven poeta, de forma parecida a Torquato Tasso, deja de percibir con claridad las fronteras entre reina y criado, entre el respeto y la camaradería, entre la galantería y la conveniencia, la seriedad y la broma, y sigue sus impulsos con cabeza caliente. De forma insospechada, se produce un enojoso incidente: una noche, las muchachas que sirven a María Estuardo encuentran escondido a Chastelard detrás de las cortinas del dormitorio de la reina. Al principio no sospechan nada inadecuado, sino que consideran esa locura juvenil como una travesura; con palabras vivaces y de aparente indignación, el atrevido es expulsado del dormitorio por las muchachas. También María Estuardo se toma esa falta de tacto con más indulgente suavidad que verdadera indignación; el incidente es cuidadosamente silenciado por el hermano de María, y pronto deja de hablarse de castigar seriamente tan increíble atentado contra todos los usos. Pero esa indulgencia era errónea. Porque o bien el loco se siente animado a repetir la broma por la frivolidad del círculo de las jóvenes, o una verdadera pasión hacia María Estuardo le priva de todas las inhibiciones… en cualquier caso, sigue secretamente a la reina en su viaje a Fife, sin que nadie en la corte tenga idea de su presencia, y sólo cuando María Estuardo se encuentra ya medio desnuda vuelve a descubrirse al insensato en su dormitorio. En el primer sobresalto la ofendida mujer grita, su grito agudo resuena en la casa, desde el cuarto vecino entra corriendo Moray, su hermanastro, y ahora ya no es posible disculpar ni callar. Se supone que María Estuardo exigió a Moray (no parece probable) que matara enseguida al osado con su daga. Pero Moray, que al contrario que su apasionada hermana medita con inteligencia y cálculo todas las consecuencias de cualquier acción, sabe muy bien que el asesinato de un joven en el dormitorio de una reina mancharía con su sangre no sólo el pavimento, sino también su honor. Semejante delito tiene que ser objeto de una acusación pública y ha de ser expiado en la plaza pública para dejar clara ante el pueblo y el mundo la completa inocencia de la soberana.


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