Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer En realidad, había ido a Bruselas para conocer a Verhaeren. Pero Camille Lemonnier, el vigoroso autor de Mâle, hoy injustamente relegado al olvido y de quien yo mismo traduje una novela al alemán, me dijo con gran pesar que Verhaeren casi nunca salía de su aldehuela para ir a Bruselas y que, además, en aquel momento se encontraba ausente. Para resarcirme del desengaño me presentó muy amablemente a otros artistas belgas. Así conocí al anciano maestro Constantin Meunier, ese heroico trabajador y grandioso escultor del mundo del trabajo, y, después de él, a Van der Stappen, cuyo nombre prácticamente ha desaparecido de los libros de historia del arte; sin embargo, ¡qué hombre tan agradable era ese flamenco bajito y mofletudo y con qué cordialidad me recibieron él y su esposa, alta, gruesa y risueña! Me mostró sus obras, hablamos largo rato de arte y literatura en aquella mañana clara y serena, y la bondad de ambos me hizo perder pronto toda timidez. Con la mayor franqueza les expresé mi pesar por no haber podido encontrar en Bruselas al hombre por quien, a fin de cuentas, había hecho el viaje: Verhaeren.