Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer ¿HabÃa hablado demasiado? ¿HabÃa dicho quizás algún disparate? Sea como fuere, me di cuenta de que tanto Van der Stappen como su esposa habÃan empezado a sonreÃr y a intercambiarse miradas furtivas. Noté que mis palabras habÃan despertado una complicidad secreta entre ellos. Me sentà cohibido y estaba a punto de despedirme, pero ambos me lo pidieron obligándome a quedarme a comer y no admitiendo excusa alguna de mi parte. Aquella sonrisa enigmática pasó de nuevo de unos ojos a otros. Tuve la impresión de que, si existÃa algún secreto, carecÃa de malicia. Y renuncié gustoso al viaje previsto a Waterloo.
Pronto llegó mediodÃa; estábamos ya sentados en el comedor, situado en la planta baja, como en todas las casas belgas, y desde la sala mirábamos hacia la calle cuando, de repente, una sombra se paró bruscamente ante la ventana. Unos nudillos golpearon el cristal al tiempo que la campanilla sonaba con estridencia.
―Le voilà ! ―dijo la señora Van der Stappen levantándose, y con paso firme y cansino entró él, Verhaeren.