Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer A primera vista reconocí el rostro que desde tiempo atrás los retratos me habían hecho familiar. Como tantas otras veces, también aquel día Verhaeren había sido invitado a la casa y, cuando el matrimonio supo que yo lo buscaba en vano por toda la comarca, ambos cónyuges se pusieron de acuerdo con una mirada en no decirme nada sobre ello y sorprenderme con su presencia a la hora del almuerzo. Y ahora lo tenía ante mí, sonriendo por la broma que le acababan de contar. Por primera vez sentí el apretón firme de su mano nervuda, por primera vez capté su mirada clara y bondadosa. Como siempre, venía, por decirlo así, cargado de experiencia y entusiasmo. Mientras empezaba a servirse sin andarse con cumplidos, ya se puso a hablar. Nos contó que había estado con unos amigos en una galería y aún ardía de entusiasmo. Fuese adonde fuese, siempre regresaba a casa así, eufórico por todo lo que había visto, por cualquier experiencia casual, y ese entusiasmo se había convertido en él en un hábito sagrado; le salía de la boca como una llamarada, y sabía subrayar las palabras con gestos expresivos. Ya con la primera palabra llegaba al corazón de la gente, porque era un hombre completamente abierto, accesible a todo lo nuevo sin rechazar nada, dispuesto a favor de todo. Era como si se lanzara al encuentro de la gente con todo su ser y, como en aquella primera ocasión, tuve la suerte de vivir cien veces más ese choque impetuoso y subyugador con otras personas. Sin saber aún nada de mí, me honró con su confianza, simplemente porque supo que sentía predilección por su obra.