Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Después de comer, otra grata sorpresa siguió a la primera. Van der Stappen, que desde hacía tiempo quería cumplir un deseo propio y de Verhaeren, llevaba varios días trabajando en un busto del poeta; hoy debía tener lugar la última sesión. Mi presencia, dijo Van der Stappen, era un simpático regalo del destino, puesto que precisamente le hacía falta alguien que hablara con el demasiado inquieto y nervioso hombre mientras éste posaba como modelo para, así, hablando y escuchando, animarle el semblante. He aquí, pues, que durante dos horas contemplé intensamente aquel rostro inolvidable, de frente ancha, surcada ya siete veces por arrugas de años difíciles y tapada por cabellos rizados y de color de hierro oxidado, una cara de textura áspera, cubierta por una piel rojiza, curtida por el viento, un mentón saliente como una roca y encima del fino labio, un bigote estilo Vercingetórix, grande, espeso y de puntas caídas. Su nerviosismo se concentraba en las manos, unas manos estrechas, hábiles, finas y, sin embargo, fuertes, cuyas venas palpitaban enérgicas bajo la delgada piel. Toda la fuerza de su voluntad descansaba en sus anchos hombros de campesino, en comparación con los cuales la cabeza, nervuda y huesuda, casi parecía demasiado pequeña; únicamente cuando apresuraba el paso se notaba su energía. Sólo ahora, cuando contemplo el busto (ninguna otra obra de Van der Stappen está tan lograda como la que creó en aquel momento), me doy cuenta de cuán real es y con qué plenitud capta la esencia de aquel hombre. Es el documento de una grandeza poética, el monumento a una fuerza imperecedera.


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