Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer En aquellas tres horas llegué a querer a la persona tanto como la he querido después toda mi vida. Su modo de ser poseía una seguridad que en ningún momento daba la impresión de petulancia. No dependía del dinero, prefería una vida rural a escribir una sola línea que valiera sólo para el momento. No dependía del éxito, no se afanaba por acrecentarlo con concesiones, favores y camaradería: le bastaban los amigos y su lealtad. Se mantuvo independiente y libre incluso de la tentación más peligrosa para la personalidad, la de la fama, cuando al fin llegó al punto culminante de su vida. Se mantuvo abierto en todos los sentidos, sin el lastre de las inhibiciones, sin sentir la turbación de la vanidad; un hombre libre, contento, fácilmente propenso a cualquier entusiasmo. A su lado se sentía uno reanimado por su voluntad de vivir.