Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer He aquí, pues, que yo, el joven, lo tenía ante mí en carne y hueso: al poeta tal como lo había deseado, tal como lo había soñado. Y ya en aquel primer momento, en el instante en que lo conocí personalmente, la decisión estaba tomada: servir a aquel hombre y a su obra. Fue una decisión ciertamente temeraria, pues aquel poeta que cantaba a Europa todavía era poco conocido entonces en la propia Europa y yo sabía de antemano que la traducción de su monumental obra poética y de sus tres dramas en verso me robarían dos o tres años de creación propia. Pero al tiempo que tomaba la decisión de consagrar todas mis fuerzas, todo mi tiempo y toda mi pasión al servicio de una obra ajena, me daba a mí mismo lo mejor: una misión moral. Mis búsquedas y tentativas inciertas tenían desde aquel momento un sentido. Y si hoy tuviera que aconsejar a un joven escritor todavía inseguro sobre el camino que emprender, trataría de convencerlo de que primero sirviera a una obra mayor como actor o traductor. Cualquier servicio abnegado ofrece más seguridad al artista novel que la creación propia y todo lo que se hace con espíritu de sacrificio no es en vano.