Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Me había ausentado de París durante los dos días de la fiesta de Pentecostés para ir con unos amigos a admirar la magnífica catedral de Chartres. A mi regreso, el martes por la mañana, cuando entré en mi habitación de hotel para cambiarme de ropa, no encontré la maleta, la cual había permanecido todos aquellos meses muy tranquila en un rincón. Bajé para hablar con el dueño del pequeño hotel, que alternaba con su mujer el trabajo en la minúscula portería; era un marsellés bajito, rechoncho y mofletudo con el cual yo solía bromear e incluso jugaba al chaquete, su juego predilecto, en el café de enfrente. La noticia lo inquietó terriblemente y, muy irritado, pegó un puñetazo en la mesa mientras soltaba un enigmático: “Vaya, ¡conque ésas tenemos!” Y mientras se apresuraba a ponerse la chaqueta, como de costumbre, iba en mangas de camisa, y a cambiarse las cómodas zapatillas por los zapatos, me expuso la situación. Pero quizá fuera conveniente recordar primero una peculiaridad de las casas y los hoteles de París para poder hacerse cargo cabalmente del estado de cosas. En París, los pequeños hoteles y la mayoría de casas particulares no tienen llave de la puerta de la calle, sino que la abre automáticamente desde la portería el concierge, el portero, cuando alguien llama desde fuera. Ahora bien, en los pequeños hoteles y en las casas, el dueño o el portero no se queda toda la noche en la portería, sino que abre la puerta desde el dormitorio apretando un botón (normalmente medio dormido); para salir, hay que gritar le cordon, s'il vous plait y, para entrar, uno tiene que decir su nombre, de manera que, en teoría, ningún extraño puede colarse en las casas de noche. He aquí, pues, que a las dos de la madrugada alguien había tocado la campanilla de mi hotel y, una vez dentro, había dicho un nombre que se parecía al de un cliente del hotel y había cogido una llave de las que todavía colgaban en la portería. En realidad, la obligación del cancerbero hubiera sido verificar la identidad del trasnochador a través del cristal, pero evidentemente estaba demasiado dormido. Cuando, al cabo de una hora, alguien gritó desde dentro Cordon, s'il vous plait para salir a la calle, El hombre le extrañó, pero ya después de abrir la puerta, que alguien saliera a las dos de la madrugada. Se levantó y, escrutando la calle arriba y abajo, comprobó que alguien había salido con una maleta y, en bata y zapatillas, se puso a seguir al sospechoso. Sin embargo, en cuanto vio que doblaba la esquina y se dirigía a un pequeño hotel de la Rue des Petits Champs, ya no pensó que el hombre fuera un ladrón o un desvalijador y volvió a meterse tranquilamente en la cama.


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