Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Aquella carta me proporcionó uno de los momentos más felices de mi vida: como una paloma blanca llegó del arca de la animalidad berreadora, pataleadora y vocinglera. No me sentía solo, sino de nuevo vinculado a una misma manera de pensar. Me sentí robustecido por la superior fuerza anímica de Rolland, porque sabía que, al otro lado de la frontera, él conservaba admirablemente bien su humanidad. Rolland había encontrado el único camino correcto que debe tomar personalmente el escritor en tiempos como aquéllos: no participar en la destrucción, en el asesinato, sino (siguiendo el grandioso ejemplo de Walt Whitman, que sirvió como enfermero en la Guerra de Secesión) colaborar en campañas de socorro y obras humanitarias. Viviendo en Suiza, dispensado del servicio militar a causa de su precaria salud, se había puesto inmediatamente a disposición de la Cruz Roja de Ginebra, donde se encontraba al inicio de la guerra, y allí, en habitaciones abarrotadas, trabajó día tras día en la magnífica obra a la que más adelante traté de rendir un reconocimiento público en el artículo titulado “El corazón de Europa”. Tras las horribles batallas de las primeras semanas se interrumpieron todas las comunicaciones; en todos los países, los parientes ignoraban si el hijo, el hermano o el padre había caído o sólo había desaparecido o lo habían hecho prisionero, y no sabían a quién preguntar, porque del “enemigo” no cabía esperar información alguna. En medio del horror y de la atrocidad, la Cruz Roja había asumido, como mínimo, la misión de descargar a la gente de la peor de las torturas: la atormentadora incertidumbre sobre el destino de las personas queridas, haciendo llegar la correspondencia de los prisioneros desde los países enemigos a sus respectivas patrias. Este organismo, creado hacía décadas, no estaba preparado para hacer frente a una situación de dimensiones tan descomunales y a las cifras millonarias; todos los días, todas las horas, se hacía patente la necesidad de ampliar el número de voluntarios, porque cada instante de angustiosa espera se volvía una eternidad para los familiares. A fines de diciembre de 1914 ya ascendían a treinta mil las cartas que la marea de la guerra acarreaba todos los días y al final llegaron a ser doscientas personas las que se apiñaban en el estrecho Museo Rath de Ginebra para organizar y contestar el correo diario. Y entre ellas trabajaba, en vez de dedicarse egoístamente a sus ocupaciones, el más humano de los escritores: Romain Rolland.