Memorias de un europeo El mundo de ayer

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He aquí, pues, lo que diferenciaba, para bien, la Primera Guerra Mundial de la Segunda: la palabra todavía tenía autoridad entonces. Todavía no la había echado a perder la mentira organizada, la “propaganda”, la gente todavía hacía caso de la palabra escrita, la esperaba. En tanto que en 1939 ni una sola manifestación de un escritor producía el más mínimo efecto, ni para bien ni para mal, y en tanto que hoy ni un solo libro, opúsculo, artículo o poesía conmueve el corazón de las masas ni influye en su pensamiento, en 1914 una poesía de catorce versos, como aquel “Canto de odio” de Lissauer, una declaración tan necia como la de los “93 intelectuales alemanes” y, por otro lado, un artículo de ocho páginas como el “Au-dessus de la mêlée” de Rolland o una novela como Le feu de Barbusse, podían llegar a convertirse en todo un acontecimiento. Y es que la conciencia moral del mundo todavía no estaba tan agotada ni desalentada como lo está hoy, aún reaccionaba con vehemencia, con la fuerza de una convicción secular, ante cualquier mentira manifiesta, ante toda violación del derecho internacional y de los derechos humanos. Una violación de la ley, tal como la invasión de la neutral Bélgica por Alemania, algo que hoy apenas sería objeto de críticas serias, desde que Hitler ha convertido la mentira en una cosa natural y ha elevado a la categoría de ley todo acto antihumano, en aquellos días todavía era capaz de sublevar al mundo de un extremo a otro. El fusilamiento de la enfermera Cavell y el torpedeamiento del Lusitania fueron más nefastos para Alemania, debido a un estallido de indignación ética universal, que una batalla perdida. En aquellos tiempos, cuando las olas de incesante cháchara de la radio no inundaban aún el oído y el alma de la gente, para el poeta, para el escritor francés, hablar no era en absoluto una acción estéril; al contrario: la manifestación espontánea de un gran escritor producía un efecto mil veces mayor que todos los discursos oficiales de los gobernantes, de los cuales se sabía que se adaptaban táctica y políticamente al momento y que, en el mejor de los casos, sólo decían verdades a medias. También en este aspecto de confianza en el escritor como mejor garante de un modo de pensar puro, aquella generación (tan decepcionada después) conservaba una fe infinitamente mayor. Ahora bien, los militares, y los organismos oficiales a su vez, puesto que conocían esta autoridad de los poetas, trataban de uncir a su servicio de instigación a todos los hombres de prestigio moral e intelectual: los llamaban para que declarasen, demostrasen, confirmasen y jurasen que todas las injusticias, todos los males venían de la parte contraria y que el derecho y la verdad eran exclusivos de la nación propia. Con Rolland no lo consiguieron. Para él, su misión no consistía en enrarecer todavía más la atmósfera cargada de odio, sobreexcitada por todos los medios de instigación, sino, todo lo contrario, en purificarla.


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