Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Pero con su extraordinaria técnica de aprovechar cada minuto del dÃa enseguida encontró la manera de vernos. TenÃa que dejar tarjetas de visita en distintas embajadas y, puesto que el trayecto hasta ellas desde Grunewald era de media hora en coche, me dijo que lo más fácil era que yo lo acompañara y charlarÃamos por el camino. La verdad es que su capacidad de concentración, su magnÃfica facilidad para pasar de un tema a otro, eran tan perfectas que en cualquier momento, tanto en coche como en tren, era capaz de hablar con la misma precisión y profundidad que en su casa. Yo no querÃa dejar pasar aquella oportunidad y creo que a él también le hizo bien poder desahogarse con alguien que no tenÃa intereses polÃticos y con el que le unÃa una amistad personal desde hacÃa años. Fue una conversación larga y puedo atestiguar que Rathenau, que no era en absoluto un hombre libre de vanidad, no habÃa asumido a la ligera el cargo de ministro de Asuntos Exteriores alemán, y menos aún por afán de poder o impaciencia. SabÃa de antemano que la misión era todavÃa imposible y que, en el mejor de los casos, podrÃa regresar con un éxito parcial, con unas cuantas concesiones sin importancia, pero que todavÃa no era de esperar una paz verdadera, una generosa deferencia.