Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Era plenamente consciente de su doble responsabilidad a causa del inconveniente de ser judío. Quizá pocas veces en la historia un hombre haya acometido una labor con tanto escepticismo y tantos escrúpulos, dándose cuenta de que sólo el tiempo, y no él, podía llevarla a cabo, y a sabiendas del peligro personal que corría. Desde el asesinato de Erzberger, que había aceptado el enojoso deber del armisticio (del que se había escabullido Ludendorff huyendo al extranjero), no tenía motivos para dudar de que, como paladín de un entendimiento entre los países, le esperaba un destino parecido. Ahora bien, soltero, sin hijos y, en el fondo, solitario como era, creía que no tenía por qué temer al peligro; y yo tuve ánimos para aconsejarle prudencia. Hoy es un hecho histórico que Rathenau cumplió su misión en Rapallo tan espléndidamente como se lo permitieron las circunstancias del momento. Su brillante talento para captar con rapidez el momento oportuno, sus cualidades de hombre de mundo y su prestigio personal nunca se acreditaron con tanto esplendor. Pero en el país ya empezaban a cobrar fuerza grupos que sabían que tendrían auditorio sólo a fuerza de asegurar al pueblo vencido que en realidad no había sido vencido y que toda negociación y concesión eran una traición al país. Las sociedades secretas, saturadas de homosexuales, ya eran más poderosas de lo que sospechaban los dirigentes de la República de entonces, los cuales, consecuentes con su idea de libertad, dejaban las manos libres a todos aquellos que querían suprimir para siempre la libertad en Alemania.