Memorias de un europeo El mundo de ayer

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Ya en los primeros días del nuevo régimen provoqué, inocentemente, una especie de alboroto. El caso es que se proyectaba entonces en toda Alemania una película basada en mi narración corta Secreto ardiente, con el mismo título. Nadie se había escandalizado por ello. Pero he aquí que al día siguiente del incendio del Reichstag, la culpa del cual los nacionalsocialistas intentaban ―en vano― cargar a los comunistas, la gente se congregó frente a la cartelera del cine donde se proyectaba Secreto ardiente, guiñándose el ojo, dándose codazos y riendo. Los de la Gestapo pronto entendieron por qué la gente se reía de aquel título. Y aquella misma tarde policías en motocicleta corrieron de un lado para otro prohibiendo la proyección de la película; a partir del día siguiente, el título de mi pequeña novela desapareció sin dejar rastro de las carteleras de los periódicos y de todas las columnas de anuncios. Prohibir una palabra que les molestaba e incluso quemar y destruir todos nuestros libros había sido de todos modos algo bastante fácil. Hubo un caso, en cambio, en que no pudieron alcanzarme sin perjudicar al mismo tiempo al hombre que más necesitábamos en aquellos momentos críticos para el prestigio de la nación alemana ante el mundo, el músico vivo más grande y más famoso del país, Richard Strauss, junto con el cual yo acababa de escribir una ópera.



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