Memorias de un europeo El mundo de ayer
Memorias de un europeo El mundo de ayer Era mi primera colaboración con Richard Strauss. Antes, desde Electra y El caballero de la rosa, Hugo von Hofmannsthal le había escrito todos los libretos y yo nunca había conocido personalmente a Richard Strauss. Tras la muerte de Hofmannsthal, me comunicó a través de mi editor que quería empezar una nueva obra y preguntaba si yo estaría dispuesto a escribir el libreto. Consideré un honor un encargo como éste. Desde que Max Reger había musicado mis primeros poemas, había vivido siempre acompañado de música y de músicos. Una estrecha amistad me unía a Busoni, a Toscanini, a Bruno Walter y a Alban Berg. Pero no conocía a ningún compositor de nuestra época al que estuviera más dispuesto a servir que a Richard Strauss, el último de la gran generación de músicos alemanes de pura sangre que, desde Handel y Bach, pasando por Beethoven y Brahms, llega hasta nuestros días. Dije que sí en el acto y, ya en la primera entrevista, propuse a Strauss como motivo de una ópera el tema de The silent woman de Ben Johnson. Fue para mí una agradable sorpresa ver con qué prontitud y clarividencia aceptaba Strauss todas mis propuestas. Nunca habría dicho de él que captara el arte tan rápidamente, que poseyera conocimientos dramáticos tan sorprendentes. Mientras le contaba el argumento, él ya le daba forma dramática y lo adaptaba acto seguido ―cosa todavía más sorprendente― a los límites de sus propias capacidades, que dominaba con una claridad casi fantástica. He conocido a muchos artistas a lo largo de mi vida, pero a ninguno que supiera guardar una objetividad respecto de sí mismo tan abstracta y serena. Por ejemplo, desde el primer momento Strauss me confesó con toda franqueza que era plenamente consciente de que un músico de setenta años ya no poseía la fuerza original de la inspiración. Difícilmente conseguiría componer obras como Till Eulenspiegel o Muerte y transfiguración, precisamente porque la música pura requería el máximo de la frescura creadora. Pero la palabra seguía inspirándole. Todavía era capaz de dar forma dramática a algo ya existente, a una materia ya elaborada, porque nacían en él espontáneamente temas musicales a partir de situaciones y palabras, y por eso ahora, a una edad tan avanzada, se dedicaba en exclusiva a la ópera. Sabía muy bien que la ópera como forma artística se había acabado. Wagner era una cima tan gigantesca que nadie podía superarlo.