Miedo

Miedo

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A la mañana siguiente, cuando su marido se fue al despacho y los niños salieron a dar un paseo, ella se encontró por fin a solas consigo misma. La clara luz de la mañana hacía que aquel espantoso encuentro, una vez pasado, resultase mucho menos amenazador. En primer lugar, pensó en su velo. Era muy tupido y no parecía posible que aquella mujer hubiera logrado distinguir a través de él los rasgos del rostro de doña Irene y mucho menos que pudiera reconocerla. Luego, con tranquilidad, fue sopesando las medidas que tomaría a partir de entonces. Jamás volvería a verse con su amante en casa de éste. Era la forma más segura de evitar que se produjera de nuevo un incidente semejante. Siempre cabía la posibilidad de que se encontrase casualmente con aquella mujer, aunque el riesgo de que tal cosa ocurriese era muy bajo. No la había seguido, ya que había salido huyendo de allí en coche. Ignoraba tanto su nombre como su dirección y tampoco había de temer que reconociese su rostro, que había mantenido oculto en todo momento. No obstante, decidió contemplar también este extremo y no dejar nada al azar. Quería estar preparada. Liberada ya de la tortura del miedo, doña Irene decidió en ese momento que, pasara lo que pasara, mantendría la serenidad y se limitaría a negarlo todo, respondería fríamente asegurando que se trataba de un error y, como no había forma de demostrar que aquella visita se hubiera producido, lo más seguro es que la mujer la dejase en paz y abandonase la idea de chantajearla. No en vano, doña Irene era la esposa de uno de los abogados más reputados de la capital, sabía por conversaciones con algunos colegas de su marido que los chantajes había que atajarlos de raíz y mostrando la máxima frialdad; cualquier vacilación, cualquier indicio de debilidad por parte de la víctima no hacía más que fortalecer al adversario dándole aún más poder sobre ella.


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