Miedo
Miedo —No he vuelto a verle… y ahora déjeme… No volveré a verle nunca más… Nunca…
La mujer esperó tranquilamente hasta que Irene no pudo soportar más la tensión, y entonces dijo con aspereza, como si se dirigiese a una subordinada:
—¡No mienta! ¡La he seguido hasta la pastelerÃa! —Irene dio un paso atrás y la mujer añadió en tono burlón—: No tengo otra cosa que hacer, ¿sabe? Me han despedido. Dicen que no hay trabajo. Corren malos tiempos. Bueno, no hay mal que por bien no venga, asà puedo salir a pasear por la ciudad… igual que hacen las mujeres respetables —dijo maliciosamente con un frialdad que heló el corazón de Irene.
Se sentÃa indefensa frente a la cruda brutalidad que empleaba aquella mujer tan vulgar. El miedo se arremolinó en su pecho al pensar que pudiera levantar la voz o que su marido pasara de repente por allÃ. Entonces todo estarÃa perdido. Buscó a tientas en el manguito que llevaba para abrigarse las manos, abrió con rapidez su bolso de plata y sacó un puñado de dinero. Con repugnancia lo puso en la mano que la mujer alargaba hacia ella con descaro, sin prisas, segura de su botÃn.
Sin embargo, a diferencia de lo que habÃa sucedido en la ocasión anterior, la mano no se retiró humildemente después de recoger el dinero, sino que se quedó inmóvil, flotando en el aire, abierta como una garra.