Miedo
Miedo —¡Deme también el bolso de plata, no vaya a ser que pierda el dinero! —añadió burlonamente aquella boca de labios prominentes, abultados, con una risa frívola, burbujeante.
Por un segundo, Irene la miró a los ojos. No podía tolerar esta burla grosera, descarada. Una sensación de asco atravesó todo su cuerpo como un dolor ardiente. ¡Sólo quería marcharse, marcharse y no volver a ver jamás esa cara! Le dio la espalda y con un rápido movimiento se desprendió de su precioso bolso y se lo entregó, luego subió corriendo las escaleras presa del horror.
Su marido no había llegado aún a casa, así que pudo echarse en el sofá. Permaneció inmóvil, como si se hubiera desplomado sobre ella un martillo. De vez en cuando, sus dedos se estremecían involuntariamente y una sacudida recorría el brazo hasta llegar al hombro. Su cuerpo no tenía fuerzas para defenderse frente a esta violencia, para resistirse al espanto que se apoderaba de ella. Sólo cuando escuchó la voz de su marido desde fuera, se puso en pie penosamente y fue arrastrándose hasta la habitación de al lado, ausente, como una autómata.