Miedo

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A partir de entonces, el temor se asentó en su casa y no volvió a salir de aquellas habitaciones. Las horas vacías le devolvían una y otra vez oleadas de imágenes que traían a su memoria aquel desgraciado encuentro. Su situación era desesperada y ella lo sabía. Por incomprensible que resultase, aquella mujer conocía su nombre y su dirección, y como ya había tenido éxito en dos ocasiones, no había duda de que seguiría chantajeándola y no tendría reparo en recurrir a cualquier medio para aprovecharse de ella. Tendría que cargar con ese peso durante años y años, su presencia sería como una pesadilla de la que uno no puede desprenderse por mucho que lo intente y por desesperante que sea, ya que aunque tenía dinero y era esposa de un hombre acaudalado, no podía disponer de una suma de dinero tan importante como para librarse de esta persona de una vez por todas, sin que su marido se enterase. Por otra parte, si debía atender a lo que su esposo le había contado sobre los procesos judiciales en los que intervenía, los acuerdos y promesas que uno pueda obtener de granujas sin honor carecen de toda credibilidad. Calculaba que podría retrasar un mes o dos el instante fatal en el que su secreto saldría a la luz; luego, el edificio de su dicha doméstica, construida artificialmente, se vendría abajo y, aunque era cierto que arrastraría a aquella mujer en su caída, el hecho es que no le servía de consuelo, pues ¿qué supondrían seis meses de prisión para una mujer de mala vida, que seguramente ya había sido condenada, en comparación con la existencia que doña Irene perdía, la única posible para ella? No se imaginaba cómo podría empezar de cero, deshonrada y mancillada, cuando hasta el momento todo lo que había conseguido en la vida le había venido rodado y no había tenido que esforzarse nunca por forjar su propio destino. Además estaban sus hijos, su marido, su hogar… Ahora que estaba a punto de perder todas estas cosas, se daba cuenta por primera vez de que formaban parte de ella, más aún, se podría decir que eran la esencia de su vida. Todo lo que antes le parecía superficial, lo veía de repente como algo imprescindible, y le resultaba absurdo, prácticamente un sueño irreal, que una vagabunda a la que no conocía de nada la acechase por la calle y tuviera el poder de hacer saltar por los aires su vida familiar con una sola palabra.


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