Miedo

Miedo

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Era inevitable; por terrible que fuese, no le cabía duda de que sería así, sucumbiría a la fatalidad, no tenía escapatoria. Pero ¿qué… sucedería? De la mañana a la noche no hacía más que darle vueltas a esta cuestión. Un día llegaría una carta para su marido, ya lo estaba viendo entrar, pálido, con la mirada sombría, la agarraría del brazo, preguntaría… Pero luego… ¿qué sucedería luego? ¿Qué haría él? En este punto, las imágenes se perdían de repente en una oscuridad que no era otra cosa que miedo, un miedo terrible, que la desconcertaba. No era capaz de imaginarse cuál sería su reacción y todas las suposiciones que hiciera carecían de fundamento. En medio de la angustia que le producía pensar en ello se dio cuenta de algo terrible: en realidad, apenas conocía a su marido y, por eso, no podía aventurar qué decisiones tomaría llegado el momento. Se había casado con él a instancias de sus padres, aunque ella tampoco se opuso al enlace: parecía un hombre simpático y agradable, y lo cierto es que no la decepcionó. Había vivido feliz con él durante ocho años en los que no había tenido que preocuparse de nada, arropada por la seguridad que respiraba a su lado; le había dado hijos, un hogar e incontables horas de intimidad, pero ahora, al preguntarse cómo se comportaría, se dio cuenta de que no lo conocía, de que prácticamente era un extraño para ella. Volvió la vista atrás y repasó febrilmente los últimos años, que brillaban bajo una luz fantasmal. Tuvo que admitir que jamás se había preocupado por conocer el carácter de su marido. Al cabo de los años no sabía si era severo o condescendiente, riguroso o tierno. Su existencia se tambaleaba, tenía razones para temer por su vida y lamentó el tiempo perdido, un error que podía resultar fatal y del que sólo ella tenía la culpa. Se había quedado en la capa más superficial, en la faceta social de su esposo y nunca había mirado su interior, lo más importante para ella en aquellos trágicos momentos en los que habría dado cualquier cosa por sondear su conciencia y adelantarse a su decisión. Casi sin querer, empezó a fijarse en pequeños detalles, en insinuaciones, trató de recordar cuál había sido su opinión en casos semejantes, cómo los había juzgado, pero quedó desagradablemente sorprendida al comprobar que casi nunca había expresado sus puntos de vista y, por otra parte, tampoco ella le había hecho nunca preguntas personales. Empezó a reducir a su marido a una serie de rasgos que pudieran darle una idea de su carácter. Su miedo se había convertido en un delicado martillo con el que golpeaba cada uno de sus recuerdos, tratando de encontrar una entrada a las cámaras secretas del corazón de su marido.


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