Miedo

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Febril e impaciente esperó su llegada dispuesta a analizar una por una todas sus palabras. Apenas reparó en la expresión de su rostro al saludarla, pero sí en sus gestos: cómo le besaba la mano o le acariciaba el cabello con los dedos. Le pareció que eran pruebas indudables de su ternura. No se puede decir que fuera impetuoso, seguramente por timidez, pero todo indicaba que sentía un profundo cariño hacia ella. Él siempre había sido comedido en sus palabras, jamás se había mostrado impaciente o nervioso, su actitud hacia ella se podía considerar sosegada y amistosa. A pesar de todo, no dejó de inquietarle que esa simpatía no se distinguiera substancialmente de la que mostraba hacia los sirvientes y fuera sensiblemente menor que el cariño con el que trataba a los niños, unas veces más jovial y otras más ardiente. Ese día también le pidió a su esposa que le informara con todo detalle de las cuestiones domésticas, como si quisiera darle la oportunidad de hablar de sus preocupaciones mientras que él guardaba silencio sobre las propias. Ella lo observaba con atención y, por primera vez, se dio cuenta de lo mucho que la cuidaba, del esfuerzo que realizaba para mantener un equilibrio y sostener una conversación sobre los asuntos cotidianos, cuya intranscendencia y banalidad la dejaron espantada. No dijo ni una palabra sobre sí mismo, por lo que doña Irene no pudo apaciguar su inquietud y su curiosidad, y se quedó tan insatisfecha como antes de hablar con él.


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