Miedo
Miedo Ya que no podía deducir nada de sus palabras, examinó con atención su rostro ahora que estaba sentado en el fauteuil[1] leyendo un libro, mientras la lámpara eléctrica lo iluminaba directamente. Se enfrentaba a un rostro extraño y trató en vano de descubrir algún rasgo familiar o, por el contrario, algún gesto inusual que revelase sus sentimientos. Su falta de interés a lo largo de ocho años de convivencia le negaba este privilegio. Observó su frente, luminosa y noble, bien formada, reflejo de una conciencia fuerte, elevada, espiritual; la boca, sin embargo, le pareció dura e inflexible. Sus rasgos, muy masculinos, transmitían fuerza y energía, pero también severidad. Se sorprendió al percibir en ellos tanta belleza. Observó admirada esa seriedad contenida, esa aspereza de su ser, que hasta entonces había preferido interpretar simplemente como un signo de su temperamento sobrio y poco inclinado a las conversaciones mundanas. Desafortunadamente, los ojos, que debían encerrar el misterio que ansiaba descubrir, estaban inclinados hacia el libro y, por lo tanto, se sustraían a su mirada. Sólo podía seguir observando su perfil y preguntarse si esa línea ondulada se podía traducir en una palabra: misericordia o castigo. La dureza de su figura la asustaba pero, al mismo tiempo, la determinación que revelaba escondía una curiosa belleza, que esa tarde pudo apreciar por primera vez. De repente, se dio cuenta de que le gustaba mirarle y que al hacerlo sentía placer y orgullo. Despertó de aquel ensueño con una dolorosa sensación en el pecho, como si algo se hubiera rasgado, un sentimiento sordo, el lamento por algo perdido, una tensión casi sensual que no recordaba haber sentido jamás con tanta fuerza ante el físico de su marido. Fue entonces cuando él levantó la vista del libro y ella se retiró a toda prisa, ocultándose en la oscuridad para no encender sus sospechas con la pregunta que ardía en su mirada.