Miedo
Miedo Llevaba tres dÃas sin abandonar la casa y empezó a notar con inquietud que su presencia llamaba la atención de los demás. No era habitual que pasara demasiadas horas, por no hablar ya de dÃas, en sus aposentos. Poco inclinada hacia la vida doméstica, dispensada de la administración de la casa gracias a su holgada situación económica, aburrida de sà misma, su residencia no era más que un lugar para descansar lo indispensable; y la calle, el teatro, las reuniones sociales con su colorido, su movimiento y sus novedades, su lugar preferido; disfrutar de todo ello no requerÃa ningún esfuerzo y compensaba el letargo de sus sentimientos con innumerables estÃmulos que despertaban sus sentidos. Doña Irene pertenecÃa en cuerpo y alma a esa elegante burguesÃa vienesa, que organiza su tiempo de acuerdo con una especie de pacto secreto que compromete a los miembros de esta liga invisible a encontrarse a determinadas horas en determinados lugares una y otra vez. Poco a poco, sus citas y reuniones, asà como los comentarios y comparaciones a los que dan pie se elevan a otro nivel y se convierten en el sentido de la existencia. Aislados del mundo y volcados sobre sà mismos, llegan a perder el contacto con la realidad, los sentidos se alimentan de impresiones insignificantes, acontecimientos intranscendentes de los que esta indolente comunidad no podrÃa prescindir; llegados a ese punto, la constante agitación y la pérdida de los vÃnculos que les unen con los demás hombres degeneran rápidamente en un enconado odio hacia sà mismos. Doña Irene sentÃa el infinito peso del tiempo sobre sus hombros; sin nada con qué llenarlas, las horas perdÃan todo su sentido. Como si estuviese encerrada entre las paredes de una mazmorra, iba de un lado a otro, ociosa y agitada, recorriendo todas las habitaciones de la casa. La calle, el mundo, que para ella eran la verdadera vida, le estaban vedados. Aquella mujer los guardaba con la amenaza de un nuevo chantaje como el ángel del Señor guarda el paraÃso con su espada flameante.