Miedo
Miedo Los primeros en advertir este cambio fueron sus hijos, especialmente el muchacho mayor, que en su inocencia manifestaba abiertamente su asombro al ver a mamá en casa tantos días seguidos, mientras que los sirvientes se limitaban a murmurar y a hacer toda clase de conjeturas con la institutriz. Ella se esforzaba en vano por encontrar motivos que justificasen su presencia en la casa. Alegaba múltiples obligaciones, totalmente razonables, que, sin embargo, sólo servían para subrayar aún más su extraño comportamiento, pues todos aquellos años de indiferencia habían hecho que su presencia en el hogar fuera completamente prescindible. Allá donde fuera se topaba con la resistencia de alguien que rechazaba su repentino interés por ayudar como si fuera una intromisión en su trabajo o una violación de unos derechos adquiridos por la costumbre. Todo el espacio estaba ocupado y ella misma se sentía en su propia casa como un cuerpo extraño del que el organismo trata de deshacerse. No sabía qué hacer consigo ni con su tiempo. Incluso fracasó al tratar de aproximarse a los niños. El repentino interés de su madre despertó sus recelos, lo interpretaron como un intento de controlarles más de cerca. Doña Irene notó que se ponía roja de vergüenza cuando, al acercarse al jovencito de siete años, éste le preguntó descaradamente por qué no salía un rato a dar un paseo. Cuando quería ayudar, perturbaba el orden establecido; cuando quería tomar parte en la vida de la casa, despertaba suspicacias. Tampoco había tenido la cautela de retirarse para hacer que su presencia no llamase tanto la atención. Podría haberse quedado tranquilamente en su cuarto, leyendo un libro, ocupada con cualquier labor; pero el miedo que la invadía le causaba una agitación irrefrenable, un nerviosismo que la obligaba a ir de una habitación a otra sin parar. Cada vez que sonaba el teléfono, cada vez que llamaban a la puerta se sobresaltaba, y se sorprendía a sí misma observando detrás de las cortinas lo que ocurría en la calle, anhelando estar con otras personas o, por lo menos, verlas, añorando la libertad y, sin embargo, temiendo que, de repente, entre las caras que pasaban, apareciese una que la perseguía incluso en sueños, levantara la vista y clavase sus ojos en ella. Sentía cómo su apacible existencia iba desintegrándose poco a poco, se desvanecía, y sólo quedaba un campo de ruinas fruto de su propia impotencia. Los tres días que pasó encerrada en la mazmorra de su casa le parecieron más largos que sus ocho años de matrimonio.