Miedo
Miedo Sin embargo, las cosas cambiaron al llegar la tercera noche. Hacía semanas que había aceptado una invitación para acudir a una velada con su marido y ahora no podía dejar de acudir a la reunión sin un motivo muy justificado. Además, era el momento de romper de una vez por todas esa reja invisible cuyos barrotes encerraban ahora su vida, tenía que superar su miedo si no quería sucumbir. Necesitaba ver a otras personas, descansar durante unas horas de sí misma, para salir de aquella soledad suicida impuesta por el temor. Por otra parte, ¿dónde estaría más segura que en casa de sus amigos, en qué otro lugar podría eludir la invisible persecución que sufría a cada paso? Por un instante, su cuerpo se estremeció de miedo, fue apenas un segundo, cuando salió de la casa; era la primera vez que pisaba la calle desde su último encuentro con aquella mujer, que podría estar acechando en cualquier parte. Casi sin querer, agarró el brazo de su marido, cerró los ojos y recorrió los pocos pasos que la separaban del coche que ya les estaba esperando. Luego, cobijada junto a él, mientras atravesaban a toda velocidad las calles desiertas en medio de la noche, fue desprendiéndose poco a poco del peso que arrastraba. Cuando llegaron y subió los escalones de la casa, supo que estaba a salvo. Por unas horas volvería a ser la misma de antes, la que había sido durante ocho largos años: una dama despreocupada, alegre, más dichosa si cabe, porque ahora, después de salir de la mazmorra y ver de nuevo el sol, era consciente de lo que tenía. Aquí no había lugar para la persecución, el odio no podía saltar las murallas que la protegían, estaba rodeada de personas que la querían, la respetaban y la distinguían con su amistad, personas elegantes, sin segundas intenciones, inflamadas por la incandescencia de la frivolidad, un círculo que se había reunido para disfrutar de la vida, que la acogía y la ponía en su centro. Al entrar notó las miradas de admiración de los demás. Era hermosa y lo sabía, y aún se sintió más orgullosa de ello después del tiempo que había pasado encerrada en casa. ¡Qué satisfacción poder hablar con otras personas después de los días de silencio, en los que un único pensamiento estéril barrenaba su cerebro, como un terco arado hundiéndose en la tierra, y en los que todo en ella era herida y dolor! ¡Qué alegría oír de nuevo palabras halagadoras que la reanimaban como una descarga eléctrica y revolucionaban su sangre! Estaba de pie y miraba fijamente a los demás. Algo se agitaba en su pecho inquieto luchando por salir. En ese instante supo que era la risa contenida que quería liberarse, explotar. Fue como el estallido de una botella de champán al descorcharse, una especie de trino, un pequeño burbujeo, rio y rio, a veces le daba vergüenza mostrar aquella desbordante alegría, pero al momento volvía a reír, jubilosa como una bacante. Una sacudida nerviosa tensó todos sus músculos, sus sentidos excitados recobraron fuerza y vitalidad. Por primera vez en días volvía a comer con verdadero apetito y a beber con auténtico gusto.