Miedo
Miedo Su alma reseca, sedienta de compañía, absorbía con avidez la vida y el placer. La música que sonaba en la habitación contigua atrajo su atención. Penetraba bajo su piel ardiente filtrándose hasta lo más hondo de su ser. Cuando el baile comenzó, se vio casi sin darse cuenta en medio de la multitud. Bailó como nunca lo había hecho. Arrebatada por la música, giraba en veloces remolinos que la hacían sentir ingrávida y el ritmo aceleraba su cuerpo dominado por el fogoso movimiento. Cuando la música se detenía, notaba una punzada de dolor; en el silencio, la serpiente de la inquietud volvía a enroscarse alrededor de sus miembros estremecidos por el miedo. Luego se precipitaba una vez más en medio del torbellino y era como si se sumergiera en un baño de agua fría, un agua que tranquiliza e invita a dejarse llevar. Siempre había sido una bailarina bastante mediocre, demasiado comedida, demasiado calculadora, demasiado rígida y cautelosa en cada uno de sus movimientos, pero esta vez la embriaguez, el éxtasis liberaron su cuerpo. El corsé de pudor y respeto que normalmente ceñía su indómita pasión dándole una forma, templándola, se rasgó de arriba abajo. Sin frenos, sin límites, sintió que su cuerpo fluía dichoso. Brazos y manos la rozaban y luego desaparecían, sentía el aliento de los que la rodeaban, palabras y risas, el cosquilleo de la música que agitaba la sangre, todo su cuerpo estaba en tensión, ardiendo bajo su ropa; aunque no era consciente de ello, le habría gustado liberarse de cualquier envoltura para sentir, desnuda, como aquella insólita embriaguez la penetraba basta el fondo de su ser.