Miedo
Miedo Entonces alguien le tocó el hombro. Ella se giró.
—¿Qué…? ¿Qué quiere usted ahora? —balbuceó.
Se habÃa llevado un susto de muerte al encontrarse de repente con el rostro odiado y se asustó aún más al oÃr las fatales palabras que acababa de pronunciar. Se habÃa propuesto no reconocer a esta mujer si alguna vez volvÃa a encontrarse con ella, negarlo todo, plantar cara a la chantajista… Ahora era demasiado tarde.
—Llevo media hora esperándola aquÃ, señora Wagner.
Irene se estremeció al oÃr su nombre. Aquella persona sabÃa su nombre, su dirección. Ahora todo estaba perdido, la tenÃa a su merced, no habÃa salvación. SentÃa las palabras entre los labios, palabras cuidadosamente preparadas y calculadas, pero su lengua estaba paralizada y sin fuerza, incapaz de producir sonido alguno.
—Es verdad. Hace media hora que la espero, señora Wagner.
La mujer repitió sus palabras con un tono de reproche que sonaba amenazador.
—¿Qué quiere usted…? ¿Qué quiere usted de mÃ…?
—Ya lo sabe, señora Wagner. —Irene volvió a estremecerse al oÃr su nombre—. Sabe perfectamente por qué he venido.