Miedo

Miedo

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En el instante en que pisó la calle le sobrevino el miedo, un temblor fugaz, un estremecimiento nervioso, frío, húmedo, como cuando uno sumerge la punta de los pies en el agua para comprobar la temperatura antes de zambullirse por completo en las olas. Durante un segundo, el frío recorrió todo su cuerpo, luego, de repente, sintió una extraña efervescencia que iba creciendo e inundando su ser, las ganas de vivir, el placer de salir al mundo, de andar con paso ligero, firme y ágil, con fuerza, con decisión, una forma de caminar en la que apenas se reconocía a sí misma. Lamentó que la pastelería se encontrase tan cerca, pues era como si una fuerza la empujara a seguir adelante en pos de la aventura que la atraía misteriosamente con su magnetismo. Por desgracia, ya casi era la hora en la que había de encontrarse con su amante y una agradable sensación de seguridad fluía por sus venas anunciándole que él ya estaba esperándola. Cuando Irene entró lo vio sentado en un rincón. Se levantó de un salto mostrando una turbación que le resultó agradable y penosa al mismo tiempo. Tuvo que pedirle que bajase la voz, hablaba con ardor, su agitación interior se había transformado en un torbellino de preguntas y reproches hacia ella que salpicaba a su alrededor. No quiso revelar abiertamente el verdadero motivo de su ruptura, jugó con insinuaciones que sólo consiguieron inflamarlo aún más por su vaguedad. Pero ella no accedió a ninguna de sus demandas, incluso evitó hacerle promesa alguna, pues sentía que negarse, rechazarlo de pronto con tanto misterio, exacerbada el deseo del joven… Y cuando después de media hora de ardiente conversación lo abandonó sin ofrecerle la menor muestra de ternura y sin haber prometido nada en absoluto, un extraño sentimiento ardía en su interior, un sentimiento que no había vuelto a tener desde que era una muchacha. Era como la brasa que arde sin llama, oculta en el fondo, esperando que el viento avive el fuego y surja una hoguera que se levante por encima de las cabezas de los que la rodean. Respondía a cada una de las miradas que le dedicaban por la calle, mientras caminaba apresuradamente. Nunca había captado la atención masculina de tal forma. Aquel inesperado éxito despertó su curiosidad. Quiso ver su propio rostro y se paró de repente delante de los espejos del escaparate de una floristería para admirar su belleza enmarcada por rosas rojas y violetas, que brillaban con el rocío. Se vio radiante, atractiva y joven, mientras los labios voluptuosamente entreabiertos le sonreían desde el otro lado con satisfacción. Siguió caminando como si tuviera alas en los pies. Deseaba librarse de cualquier cadena, bailar, entregarse al vértigo, romper el ritmo habitualmente moderado de sus pasos. Al pasar por la iglesia de San Miguel le disgustó oír el reloj que anunciaba la hora de volver a casa, a su mundo estrecho, ordenado. Desde sus días de juventud no había vuelto a sentirse tan ligera, tan receptiva a todas las sensaciones, ni siquiera al comienzo de su matrimonio, ni siquiera los abrazos de su amante la habían estimulado tanto; sentía chispas por todo su cuerpo y la idea de someterse a un horario y echar a perder esta extraña sensación de libertad, esta dulce efusión de la sangre se le hizo insoportable. Continuó caminando con paso cansado. Cuando llegó a su casa, se detuvo una vez más sin saber qué hacer. Inspiró aquel aire ardiente, la embriaguez de aquel instante ensanchó de nuevo su pecho, deseaba sentir en lo hondo del corazón la última ola de una marea que ahora volvería a bajar, de una aventura que ya se perdía a lo lejos.


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