Miedo
Miedo No sabÃa dónde ir a esconderse, hacia quién volver sus ojos. Las personas que la rodeaban se iban acercando cada vez más, curiosas, jadeantes, esbozando extrañas muecas, alargando sus manos hacia su cuerpo desnudo. Buscaba desesperadamente una tabla de salvación, un lugar donde refugiarse y, en ese momento, su mirada se detuvo en el tenebroso marco de la puerta, donde vio a su marido de pie, inmóvil, con la mano derecha oculta detrás de la espalda. Dejó escapar un grito y salió corriendo para escapar de él. Atravesó a la carrera varias estancias perseguida por la muchedumbre fervorosa, desatada. SentÃa que su vestido se iba cayendo, apenas lo podÃa sostener ya. De repente, una puerta se abrió delante de ella. Sin pensárselo dos veces, se precipitó escaleras abajo tratando de salvarse, pero allà la esperaba de nuevo aquella mujer repugnante con su saya de lana, extendiendo las manos como si fueran garras. Saltó a un lado para esquivarla y huyó corriendo como una loca, pero la mujer se precipitó en pos de ella. Comenzó entonces una persecución a través de la noche recorriendo calles largas, silenciosas, iluminadas por la luz de las farolas, que se inclinaban hacia ellas con muecas burlonas. A su espalda oÃa el ruido que hacÃan los chanclos de la mujer, pero cuando llegaba a una esquina se la encontraba allÃ, delante de ella, esperándola, y lo mismo ocurrÃa en la siguiente, detrás de cada casa, a izquierda y derecha, acechaba la mujer. Siempre estaba allÃ, era como si tuviera el poder de desdoblarse, no podÃa dejarla atrás, reaparecÃa cortándole el paso, tendiendo sus manos hacia ella. SentÃa que sus rodillas empezaban a flaquear, cuando por fin divisó su casa. Se precipitó hacia ella, abrió de golpe la puerta y se dio de bruces con su marido. TenÃa un cuchillo en la mano y la mirada fija en ella, una mirada que traspasaba su ser.