Miedo
Miedo —¿Dónde has estado? —le preguntaba con voz ahogada.
—En ninguna parte: —respondÃa ella.
Sin embargo, junto a su voz se oÃa ya la risa chillona de la mujer, que estaba a su lado.
—¡Yo la he visto! ¡La he visto! —gritaba con una mueca burlona, riendo como una loca.
Entonces, él levantaba el cuchillo.
—¡Socorro! —gritó ella—. ¡Socorro!
TenÃa los ojos muy abiertos y su mirada aterrorizada se encontró con la de su marido. ¿Qué… qué era aquello? Estaba en su habitación, la lámpara del techo proyectaba una luz pálida, se encontraba en casa, en su cama, todo habÃa sido un sueño. Pero ¿cómo es que su marido estaba sentado al borde de su cama con cara de preocupación, como si estuviera enferma? ¿Quién habÃa encendido la luz? ¿Qué hacÃa allà tan serio, mirándola fijamente, sin mover un músculo? Un escalofrÃo estremeció su cuerpo. Casi sin querer, buscó con la mirada la mano de su esposo: no, no tenÃa ningún cuchillo. Poco a poco, su confusión fue disipándose y, con ella, las tormentosas imágenes de aquel sueño. DebÃa de haber gritado en medio de su pesadilla y le habÃa despertado. Pero ¿a qué venÃa aquel gesto tan serio, aquella mirada penetrante, implacable?
Trató de sonreÃrle.