Miedo
Miedo —¿Qué… qué ocurre? ¿Por qué me miras as� Creo que he tenido una pesadilla.
—SÃ, estabas gritando. Te he oÃdo desde la otra habitación.
¿Qué serÃa lo que habÃa gritado? ¿Y si habÃa revelado su secreto? Sintió un escalofrÃo. ¿EstarÃa su marido al tanto de lo que habÃa pasado? Ni siquiera se atrevÃa a levantar los ojos, era incapaz de enfrentarse a aquella mirada. Él la observaba muy serio, con una asombrosa calma.
—¿Qué te pasa, Irene? Te encuentro agitada. Hace unos dÃas que no eres la misma. Te veo febril, nerviosa, confusa y ahora te despiertas en medio de la noche pidiendo socorro. —Ella se limitó a sonreÃrle de nuevo—. No —insistió él—, no debes callarte. ¿Tienes alguna preocupación? ¿Qué es lo que te atormenta tanto? Todos en casa nos damos cuenta de lo cambiada que estás. Debes confiar en mÃ, Irene.
Se acercó imperceptiblemente a ella y deslizó los dedos por su brazo desnudo, acariciándola; en sus ojos habÃa un extraño fulgor. Al sentirle tan cerca, le sobrevino el deseo de lanzarse a sus brazos, aferrarse a su cuerpo con todas sus fuerzas, confesarlo todo y no dejarle marchar hasta que la hubiera perdonado, ahora, en este momento en que la habÃa visto sufrir.