Miedo
Miedo Pero la pálida luz de la lámpara iluminó su rostro y se sintió avergonzada. Le asustaba pronunciar aquellas palabras.
—No te preocupes, Fritz —dijo forzándose a sonreÃr, mientras un escalofrÃo recorrÃa su cuerpo desde la cabeza hasta los pies, donde sus dedos desnudos se crisparon horriblemente—. Sólo estoy un poco nerviosa. Ya se me pasará.
HabÃa cogido la mano de su marido entre las suyas. En ese momento, él la retiró bruscamente. Estaba pálido, la luz blanquecina no conseguÃa disipar las pesadas sombras que cubrÃan su frente, una tenebrosa bóveda que ocultaba terribles pensamientos. Se incorporó lentamente, mientras ella seguÃa temblando de miedo.
—No sé, estos dÃas he tenido la impresión de que querÃas contarme algo. Algo que sólo nos concierne a ti y a mÃ. Ahora estamos solos, Irene.
Ella seguÃa echada, sin moverse, como hipnotizada por aquella mirada seria y velada por las sombras. Era el momento de arreglarlo todo, sólo necesitaba decir una palabra, una pequeña palabra: perdón, y él no preguntarÃa nada más. Pero ¿por qué seguÃa ardiendo la luz de la lámpara? Era como si quisiera escuchar su confesión, hacer pública su vergüenza. En la oscuridad habrÃa sido capaz de admitir su error, estaba segura de ello, pero aquella luz quebró su voluntad.