Miedo

Miedo

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—¿De verdad que no es nada? ¿No quieres que hablemos?

¡Qué tentadora, qué dulce era su voz! Jamás le había oído hablar así. ¡Pero la luz, la lámpara, ese resplandor amarillento, voraz!

Trató de infundirse ánimos.

—¡Qué cosas se te ocurren! —rio temiendo que su voz se quebrase—. ¿Porque no duerma bien una noche ya he de tener algún secreto inconfesable? ¡Al final me dirás que tengo una aventura!

Se asustó de lo falsas, de lo mendaces que sonaban sus palabras. La angustia se filtraba hasta el tuétano de sus huesos. Sin querer, apartó la mirada.

—De acuerdo… Que duermas bien —fue la respuesta breve, cortante, de su marido.

Ahora, su voz sonaba completamente distinta, como una amenaza o como una burla malévola, insidiosa.

Él apagó la luz y salió de la habitación sin hacer ruido. Era una sombra pálida, un fantasma nocturno. Cuando la puerta se cerró, fue como si cerrasen la tapa de un ataúd. El mundo estaba muerto, vacío, sólo quedaba su propio corazón palpitando violentamente contra el pecho, aumentando con cada latido el dolor que se apoderaba de su cuerpo petrificado.


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