Miedo
Miedo Al dÃa siguiente, cuando se sentaron juntos a comer —los niños acababan de pelearse y habÃa costado mucho trabajo imponer orden—, la sirvienta trajo una carta. Era una nota para la señora de la casa y el mensajero esperaba una respuesta. Sorprendida, observó la letra. No la reconocÃa. Abrió rápidamente el sobre. En cuanto leyó la primera lÃnea empalideció. Se levantó de un salto y se asustó aún más cuando se dio cuenta de que todos los demás la miraban asombrados, sin comprender qué habÃa causado semejante reacción.
La carta era breve. Tres lÃneas: «Haga el favor de entregar cien coronas al portador de esta nota». No aparecÃa ninguna firma, tampoco estaba fechada y los trazos de la escritura eran bastante desmañados. Doña Irene corrió a su habitación para buscar el dinero, pero habÃa extraviado la llave de la caja. Abrió y revolvió todos sus cajones buscándola febrilmente. Por fin la encontró. Temblando, dobló los billetes y los metió en un sobre, que entregó en persona al mensajero que aguardaba en la puerta. No pensó en ningún momento lo que estaba haciendo, parecÃa hipnotizada y actuó obedeciendo aquellas instrucciones sin un atisbo de duda. Luego regresó al comedor. Apenas habÃa estado fuera dos minutos.