Miedo
Miedo Sintió un repentino escalofrío. Aquella idea no era suya. ¿Quién la había puesto en su cabeza? Alguien cercano a ella, hacía muy poco, tan sólo unos días atrás. Se puso a pensar y quedó horrorizada al descubrir que había sido su propio marido. Regresó de una vista hundido y con el rostro desencajado. Por lo general era parco en palabras y le bastó una frase para explicar a su mujer y a unos amigos que estaban de visita lo que había ocurrido:
—Hoy se ha condenado a un inocente.
Tanto ella como los demás le preguntaron qué había querido decir. Entonces, visiblemente afectado, les contó que acababan de condenar a un ladrón por un robo que había cometido tres años antes. En su opinión, el castigo llegaba a destiempo, ya que después de tres años no se podía decir que el hombre fuera el autor de aquel crimen. Se castigaba a otro hombre y se le castiga además doblemente, después de pasar tres años prisionero en las mazmorras del miedo, con la permanente inquietud de que un tribunal le declarase culpable.