Miedo

Miedo

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Inconscientemente se consideraba merecedora de un castigo, pero se resistía con uñas y dientes a convertirse en víctima de la fatalidad. ¿Por qué ella precisamente? ¿Acaso era justo que recibiera un castigo tan brutal por un crimen que a ella le parecía insignificante? ¿Cuántas de las mujeres que conocía, vanidosas, frívolas, descaradas, tenían amantes, incluso por dinero, y burlaban a sus maridos sin el menor remordimiento de conciencia? Mujeres que vivían en la mentira, sintiéndose tan cómodas como en su propia casa, que ganaban atractivo con su secreto, a las que volvía más fuertes la persecución, más inteligentes el peligro, mientras ella se derrumbaba impotente, presa del miedo, al primer desliz.

Por otra parte, ¿se le podía considerar culpable? En lo más íntimo de su ser, su antiguo amante le resultaba del todo indiferente, jamás se había entregado a él ni le había dado nada de su verdadera vida. Ella no había recibido nada de él, ni le había entregado nada. Todo aquello era agua pasada y estaba olvidado. No había sido ella quien había vivido una aventura, sino otra mujer, a la que ya no entendía y de la que ni siquiera quería acordarse ya. ¿Era lícito castigar un delito que ya había expiado el paso del tiempo?



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