Miedo

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Se sentó con los niños. La institutriz les leía el cuento de una princesa que tenía permiso para entrar a cualquiera de las salas de su palacio salvo en una, que estaba cerrada con una llave de plata: cierto día consiguió abrir la puerta provocando su desgracia. ¿No era una parábola de lo que estaba viviendo ahora? Al igual que la princesa, también ella se había sentido tentada por lo prohibido y había acabado perdiendo todo lo que tenía. Le pareció que aquel pequeño cuento, del que una semana antes se habría reído por su simpleza, encerraba una profunda sabiduría. El periódico publicaba la historia de un oficial que había cedido a un chantaje convirtiéndose en traidor. Se estremeció al pensar en su destino. Lo comprendía muy bien. ¿No habría hecho ella lo imposible para procurarse dinero con el que comprar unos días de paz, un poco de felicidad, aunque sólo fuera aparente? La referencia a un suicidio, un crimen, cualquier acto de desesperación se convertía para ella en un auténtico acontecimiento. Todo le remitía a sí misma, a su experiencia, compartía un mismo destino con quien estaba cansado de la vida o desesperado, con la sirvienta seducida o con el niño abandonado. Se dio cuenta de la extraordinaria riqueza de la vida, por duro que fuese el destino, incluso ahora que todo parecía llegar a su fin, no era más que el preludio de un tiempo nuevo que estaba a punto de comenzar. ¿Iba a permitir que aquella mujer depravada hiciera pedazos con sus rudas manos la fabulosa realidad con la que ahora se sentía íntimamente unida? ¿Iba a perder por culpa suya ese mundo infinito al que por primera vez se sentía capaz de incorporarse? ¿Iba a consentir que redujese a escombros todas las cosas grandes y hermosas que había descubierto?


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