Miedo

Miedo

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Por otra parte, ¿no lo habían cambiado todo estos seis días, esta semana de angustia? El miedo había actuado sobre su vida como un ácido corrosivo, descomponiéndola, disgregando sus elementos. El peso que concedía a cada uno de ellos ya no era el mismo, todos los valores se habían puesto en cuestión, las relaciones se habían alterado. Hasta ahora, su vida había estado envuelta en la penumbra, avanzaba a tientas, sin atreverse a abrir los ojos, ahora, de repente, todo se iluminaba con una claridad diáfana, despiadadamente hermosa. Justo delante de ella, tan cerca que casi podía sentir su aliento, había cosas a las que jamás se había acercado, a pesar de que constituían la verdadera esencia de su vida; otras en cambio, que hasta ahora le habían parecido importantes, se disipaban como el humo. Siempre había disfrutado de una animada compañía, se desenvolvía con soltura en los círculos despreocupados y bulliciosos de la alta sociedad, y sólo tenía un objetivo: ella misma. Después de pasar una semana encerrada en su casa, convertida ahora en mazmorra, no podía decir que echase de menos aquel mundo, al contrario, le repugnaban las vacías ocupaciones con las que los ociosos trataban de llenar sus vidas; casi sin querer, volvió la vista atrás para juzgar a la luz de este nuevo sentimiento la superficialidad de su existencia hasta ese momento y se sintió abrumada por el amor y la energía que había desperdiciado. Contemplaba su pasado como si fuera un abismo. En ocho años de matrimonio, jamás se había acercado a su marido y aún menos a sus propios hijos. Adormecida por la tibia dicha en la que se había instalado, no había sentido la necesidad de salir de sí misma y aproximarse a ellos. Entre ella y su familia mediaban personas a las que se pagaba para que la dispensasen de cualquier obligación, de cualquier compromiso. Institutrices y sirvientes asumían esas pequeñas tareas en las que ahora —desde que había intentado entrar en la vida de sus hijos— empezaba a descubrir un atractivo del que carecían las ardientes miradas de los hombres o la pasión de un abrazo. Poco a poco, su vida se iba transformando en todos los sentidos, comprendía las relaciones que movían el mundo y cuál era su importancia y su significado. Desde que conocía el peligro y, con él, los auténticos sentimientos, empezaba a tener cierta familiaridad con cuanto la rodeaba, por extraño que fuera. Se sentía ligada a ello, y el mundo, antes transparente como un cristal, se matizaba al abrigo de su sombra y se convertía en un espejo que reflejaba su figura. Allá donde mirase, allá donde prestase oídos para escuchar, descubría de repente la realidad.


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