Miedo
Miedo De repente, la idea de que aquella persona hubiera sido su amante le parecía absurda, inverosímil. No lograba recordar nada, ni el color de sus ojos, ni la forma de su rostro; ya ni siquiera era capaz de evocar el tacto de sus caricias o el sonido de sus palabras. Sólo quedaba el tono quejumbroso, afectado, rastrero con el que se había dirigido a ella ahora, balbuciendo las palabras, sin molestarse en disimular su desesperación. A pesar de ser el origen de todos sus males, no había pensado en él ni una sola vez en todos aquellos días, ni siquiera en sus sueños. Él no significaba nada en su vida, no tenía ningún interés, apenas podía considerarlo un recuerdo. No podía entender que una vez sus labios hubieran rozado la boca de él y, si le hubiesen preguntado, habría jurado con la conciencia plenamente tranquila que jamás había sido suya. ¿Por qué había caído en sus brazos, qué terrible locura la había arrastrado a una aventura que su propio corazón ya no entendía y repugnaba a su razón? No comprendía nada, todo lo que había sucedido le resultaba extraño, incluso ella parecía extraña a sí misma.