Miedo
Miedo —Pero, Irene… Irene… —balbuceaba él, cada vez más confuso—. ¿Qué es lo que te he hecho yo? De repente te apartas de mÃ… Te espero dÃa y noche… Hoy llevo el dÃa entero delante de tu casa, sólo para poder hablar contigo un minuto.
—¿Que has estado esperándome delante de mi casa…? ¡Vaya…! ¡Tú también!
La rabia estaba a punto de hacerle perder los estribos. ¡Cuánto le habrÃa gustado abofetearlo! Pero se contuvo, lo contempló una vez más llena de ardiente desprecio, pensando si no deberÃa escupirle a la cara toda la rabia que habÃa acumulado, llenarlo de improperios. Al final se volvió de repente y, sin mirar atrás, se alejó abriéndose paso entre la agitada multitud. Él se quedó allÃ, sin saber qué hacer, con la mano extendida en un gesto de súplica. Por un instante, un escalofrÃo recorrió su cuerpo, luego el tumulto de la calle se apoderó de él y lo arrastró consigo como una hoja que cae en la corriente, se hunde, gira, resiste unos momentos y finalmente es arrastrada sin remedio por las aguas.