Miedo

Miedo

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Pero el destino se encargó de frustrar tan amables esperanzas. Al día siguiente llegó otra nota, que volvió a espolear su miedo, si es que alguna vez se había aplacado. Esta vez le pedía doscientas coronas. Las entregó sin rechistar. Este repentino aumento en sus demandas le pareció preocupante. Si las cosas continuaban así, no estaría en condiciones de pagar el precio que la mujer exigía. Aunque de familia acomodada, no podía retirar grandes sumas de dinero sin llamar la atención. Y, por otra parte, ¿de qué le serviría? Estaba segura de que mañana serían cuatrocientas coronas y luego mil, cada vez más, hasta que ya no tuviera suficiente dinero para comprar su silencio, entonces llegaría la carta anónima y, con ella, su perdición. Lo que estaba comprando no era más que tiempo, lo justo para tomarse un respiro, dos días de descanso, tal vez tres, una semana a lo sumo, días envenenados, que sólo le traerían tormento y angustia. Llevaba varias semanas durmiendo mal. De hecho, el sueño era peor que la vigilia, le faltaba el aire, no podía moverse, no descansaba, vivía obsesionada con la amenaza de aquella mujer. No podía leer, era incapaz de hacer nada, el miedo la acompañaba a cada paso. Se sentía enferma. Algunas veces tenía que sentarse hasta que su corazón desbocado se tranquilizaba. Otras una turbadora pesadez se apoderaba de su cuerpo, el cansancio se derramaba sobre sus miembros como si fuera un líquido viscoso, lacerante; sin embargo, era incapaz de conciliar el sueño. Un miedo atroz consumía las raíces de su existencia, envenenaba su cuerpo. En lo más íntimo de su ser deseaba que este mal saliera al exterior y se hiciese visible, que se convirtiera en una dolencia tangible, con un diagnóstico clínico, que despertaría la compasión y la misericordia de la gente. En estas horas de silencioso tormento envidiaba a los enfermos. ¡Cuánto habría dado por yacer en la cama de un sanatorio, una cama blanca en una habitación de paredes también blancas, rodeada de cuidados y atenciones! Recibiría visitas, le traerían flores, todos la tratarían con cariño, hasta que entre las nubes de dolor empezara a adivinarse un sol radiante, el de su curación. En esas circunstancias podría quejarse siempre que sintiera dolor, mientras que ahora tenía que representar en todo momento una penosa tragicomedia, fingir alegría y despreocupación, cuando cada día y casi cada hora afrontaba una nueva prueba. Tenía los nervios de punta, pero debía mantener la sonrisa y parecer feliz. Para que nadie sospechase la infinita tensión que se ocultaba en su pecho, para dominarse y no perder la compostura, hacía un esfuerzo verdaderamente heroico y, sin embargo, inútil.


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