Miedo

Miedo

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De todos los que la rodeaban sólo había una persona, eso se figuraba ella, que sospechaba que algo terrible le estaba ocurriendo. Se sentía vigilada por su marido y esto la obligaba a redoblar su cautela. No le quitaba ojo de encima, y ella se veía obligada a hacer lo mismo con él. Se rondaban día y noche, trazando círculos uno alrededor del otro, tratando de descubrir el secreto que ocultaba su pareja sin revelar el propio. Poco a poco, su marido había ido cambiando. El tono inquisitorial y el rigor de los primeros días había dejado paso a un trato amable y bondadoso, que, casi sin querer, le recordaba a su época de novios. La trataba como a una enferma, con un cariño que la confundía, se sentía violenta al recibir un amor que no merecía y que, por otro lado, no dejaba de resultar inquietante, ya que podía tratarse de una argucia, para que bajase la guardia y poder destapar su secreto en el momento menos pensado. Desde la noche en que la escuchó hablar en sueños y el día en que vio la carta en sus manos, su desconfianza se había transformado en compasión. Se acercaba a ella con ternura, como si quisiera ganarse su confianza. Ella vencía sus recelos y se mostraba condescendiente, pero al momento volvían a asaltarle las dudas y se ponía a la defensiva. ¿Sería una estrategia, el señuelo que utiliza el juez para ganarse la confianza del acusado y hacerle caer en la trampa? ¿Estaría tendiéndole un lazo que se tensaría en el momento oportuno dejándola indefensa y a su merced? ¿O acaso había abandonado la persecución, porque ya no podía soportar verla así y porque su amor hacia ella era tan grande que sufría en secreto su mismo dolor? Observó con un ligero estremecimiento que, en ocasiones, su marido se acercaba a ella y parecía ofrecerle una salida, ponía en sus manos las palabras que podrían liberarla, trataba de facilitarle y hacerle atractiva la confesión, el reconocimiento de su culpa. Ella sabía cuál era su intención y le estaba verdaderamente agradecida por la bondad que demostraba. Sin embargo, en estas circunstancias, sus sentimientos se revolvían y crecía en ella la vergüenza, que la dejaba sin palabras y la invitaba a guardar un celoso silencio, mayor incluso que el que le había impuesto la desconfianza.


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