Miedo
Miedo El pequeño juicio tuvo un rápido desenlace. Al principio, la niña lo negó todo, aunque ni siquiera se atrevía a levantar los ojos y la forma en que le temblaba la voz la delataba. La institutriz testificó en su contra. Había oído que la pequeña, en su ofuscación, había amenazado con lanzar el caballito por la ventana. La niña se esforzaba en vano por negarlo. Se produjo un pequeño alboroto en el que se mezclaron lamentos y sollozos. Irene miró a su marido: sintió que no estaba juzgando a la niña, sino a ella misma. Tal vez al día siguiente tendría que comparecer ante él, temblando y con la voz quebrada. Su marido miró con severidad a la niña, que se obstinaba en mantener la mentira. Entonces habló tranquilamente con ella para vencer su resistencia. No perdió los nervios en ningún momento. Aún se obstinaba en negarlo todo, pero él le habló con cariño, demostrando comprender los motivos de su acción y disculpando en cierta medida aquel acto abominable, cuyas consecuencias no había previsto, porque estaba seguro de que no había querido hacer daño a su hermano. Así, con afecto y sutileza, hizo entender a la niña, que cada vez se sentía más insegura, el error que había cometido: podía comprender lo que la había llevado a actuar así, pero eso no significaba que lo aprobase y, desde luego, era obvio que merecía un castigo. Al llegar a este punto, la niña empezó a sollozar. Pronto, hecha un mar de lágrimas, reconoció su culpa balbuceando.