Momentos Estelares De La Humanidad

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Al fin, al cabo de sólo tres semanas —algo inconcebible aún hoy y para siempre—, el 14 de septiembre la obra estaba terminada. La palabra se había hecho música. Inmarchitable, florecía y resonaba lo que hasta entonces sólo era un discurso seco, descarnado. El alma inflamada había realizado el milagro de la voluntad, como en otro tiempo sobre el cuerpo paralizado el de la resurrección. Todo estaba escrito, creado, trazado, desplegado en melodía, en impulso. Sólo faltaba una palabra, la última: «Amén.» Y aquel «Amén», aquellas dos breves y rápidas sílabas Händel las acometió ahora, para construir con ellas una escala que, sonora y gradualmente, ascendiera hasta el cielo. Y arrojó aquellas dos sílabas a unas voces y luego a las otras, en un coro cambiante. Las alargó y una vez más las separó, para volver a fundirlas aún más ardientemente. Y como el aliento divino, su fervor penetró en esas notas finales de su gran oración, que resultaron tan amplias como la Tierra y se llenaron de su plenitud. Aquella única palabra, la última, no le abandonó, y él tampoco la dejó. En una fuga grandiosa construyó aquel «Amén» a partir de la primera vocal, la resonante A, el sonido primigenio del principio, hasta convertirlo en una catedral, retumbante y llena. Y con el resto alcanzó el cielo, elevándose más y más alto, volviendo a caer y a elevarse hasta que, atrapado al fin por el ímpetu del órgano, arrojado hacia arriba una y otra vez y con violencia por el poder de las voces unidas, colmó todas las esferas, como si en aquella triunfal melodía de agradecimiento también cantaran los ángeles, y el techo, con ese eterno «¡Amén! ¡Amén! ¡Amén!», saltara hecho pedazos sobre él.


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