Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad A lo largo de la mañana el criado llamó a la puerta en tres ocasiones. Suavemente. El maestro seguía durmiendo, sin moverse. Como esculpido en una fría piedra, su rostro permanecía inaccesible. Al mediodía, el criado intentó despertarle por cuarta vez. Carraspeó fuertemente y tocó a la puerta. En vano. Desde el abismo inconmensurable de aquel sueño no salió ni un sonido, ni una sola palabra. Por la tarde, Christof Schmidt vino en su ayuda. Händel aún yacía en aquella rigidez. Se inclinó sobre el durmiente. Vencido por el cansancio tras la indescriptible proeza, yacía como un héroe muerto en el campo de batalla tras haber obtenido la victoria. Pero Christof Schmidt y el criado no sabían nada de aquella hazaña, ni de la victoria. Y viéndole tendido tanto tiempo, en tan inquietante inmovilidad, se sintieron horrorizados. Temieron que un nuevo ataque le hubiera podido fulminar. Y cuando por la noche, después de haberle sacudido, Händel seguía sin querer despertar —hacía ya diecisiete horas que yacía así, insensible y rígido—, Christof Schmidt corrió de nuevo en busca del médico. No le encontró en seguida, pues el doctor Jenkins, aprovechando el agradable atardecer, se había ido a pescar a la orilla del Támesis. Y cuando por fin dieron con él, refunfuñó por el inoportuno trastorno. Sólo cuando oyó que se trataba de Händel, recogió sus aparejos, fue a buscar —en lo que perdió mucho tiempo— su instrumental quirúrgico para aplicar la más que probable sangría, y por fin el póney trotó llevándolos a ambos en dirección a Brook Street.