Momentos Estelares De La Humanidad
Momentos Estelares De La Humanidad Tras una declaración de guerra, la gran mayorÃa grita siempre de contento por calles y plazas, pero en esos momentos de regocijo callejero se movilizan también otras voces, menos ruidosas, apartadas. También el miedo y la alarma despiertan con una declaración de guerra, sólo que esas voces cuchichean en secreto en los aposentos, cuando no guardan silencio con lÃvidos labios. Por todas partes hay madres que dicen: Si los soldados extranjeros no mataran a mis hijos. Y en todos los paÃses, campesinos que se preocupan por sus haciendas, por sus campos, por sus cabañas, su ganado, su cosecha. ¿Las brutales hordas no pisotearán sus sembrados? ¿No saquearán sus casas? ¿No abonarán con sangre sus tierras de labor? Pero el alcalde de Estrasburgo, Friedrich Baron Dietrich, en el fondo un aristócrata, aunque, como la mejor aristocracia de Francia, comprometido entonces con toda su alma en la causa de la libertad, sólo desea que se escuchen las voces en las que el optimismo resuena con fuerza. Consciente, hace del dÃa de la declaración de guerra una fiesta pública. Con la banda alrededor del pecho, corre de asamblea en asamblea para alentar a la población. Manda repartir vino y alimentos a los soldados que irán al frente. Y por la noche, en su espaciosa casa de la Place de Broglie, reúne a los generales, oficiales y a los principales funcionarios públicos para una fiesta de despedida, a la que el entusiasmo confiere desde el principio el carácter de celebración de una victoria. Presiden los generales, seguros como siempre de vencer. Y los jóvenes oficiales, que en la guerra dan sentido a su vida, tienen libertad de palabra. Uno enardece a otro. Blanden las espadas, se abrazan unos a otros, se brinda, y con el buen vino los discursos se vuelven cada vez más apasionados. Y de nuevo en todas la arengas se repiten las mismas palabras de estÃmulo de los periódicos y de las proclamas: «¡A las armas, ciudadanos! ¡Marchemos! ¡Salvemos la patria! Pronto temblarán, los déspotas coronados. Ahora que la bandera de la victoria ha sido desplegada, ha llegado el dÃa de llevar la tricolor por el mundo. Cada uno tiene que dar ahora lo mejor de sà mismo. ¡Por el rey, por la bandera, por la libertad!» En momentos como éste, todo el pueblo, todo el paÃs, quiere formar una sagrada unidad convenciéndose de la victoria y entusiasmándose con la causa de la libertad.